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8 de septiembre de 2016

Mujeres afrodescendientes reclaman respeto a su identidad

Crece movimiento de autovaloración y reivindicación de las raíces negras

República Dominicana: Integrantes de Escuela Kalalú Danza, durante la conmemoración del Día de la Mujer Afro-Caribeña y Afro-Latinoamericana el 25 de julio. / Maribel Núñez.
REPÚBLICA DOMINICANA
Gabriela Read


En el 2014, un miembro de la Junta Central Electoral (JCE) solicitó al pleno de esa entidad ordenar al personal encargado de emitir cédulas de identidad “abstenerse de emitir frases discriminatorias o vejatorias” contra mujeres negras que llevaran su cabello al estilo afro luego que un grupo de activistas se presentaran ante su despacho para reclamar respeto a su identidad. Algunas mujeres habían denunciado mediante las redes sociales que eran devueltas a sus casas hasta tanto “se peinaran el greñero” cuando solicitaban la renovación del documento, por llevar el pelo sin alaciar.

Podría parecer insólito que los empleados de los centros de cedulación no permitieran a las mujeres negras llevar su pelo afro, en un país donde según estudio reciente realizado por la Academia Dominicana de Historia, National Geographic Society y la Universidad de Pennsylvania, el 49% de la población dominicana es afrodescendiente.

Ese mismo año la JCE había eliminado del documento de identidad la indicación del color de piel. Hasta entonces, solía colocarse “indio” al color de las personas negras y mulatas, lo que en la opinión de algunos, era una muestra de racismo institucionalizado. El pasaporte y la licencia de conducir mantienen esa práctica.

La entidad, que maneja el Registro Civil en el país, respondió a través del pleno que no existía una política de discriminación y que, por tanto, no era necesaria una resolución al respecto. Pero grupos de mujeres como Acción Afrodominicana, que impulsa acciones de denuncia y encuentros de carácter formativo o recreativo sobre este tema, han denunciado la existencia de un racismo estructural que lastima a las mujeres que deciden asumir su identidad afro, siendo la manera de llevar el pelo la manifestación más evidente de esta decisión.

El caso más reciente, resume Bienvenida Mendoza, integrante de Acción Afrodominicana, fue el de una joven politóloga que denunció ante los medios que la ministra de Educación Superior, Ligia Amada Melo, le negó una beca de posgrado por llevar el pelo afro.

“No le doy becas a personas que tengan el pelo como tú”, fueron las palabras que la joven atribuyó a la ministra. Cuestionada al respecto, la funcionaria dijo que no se refirió a su pelo, sino a que “andaba desaliñada”.

Culturalmente llevar el pelo natural entre las mujeres de ascendencia negra se considera, de hecho, una informalidad. Y en ocasiones, una informalidad intolerable.

Eulalia Jiménez, también de Acción Afrodominicana, recuerda cuando en 1978 decidió dejar de alaciar su pelo y el impacto que esto tuvo no sólo en su entorno familiar, sino también en el laboral.

“Mi madre tardó 40 días sin hablarme”, comenta a Noticias Aliadas. Sus hermanos aún aprovechan, casi 40 años después, las reuniones familiares para echárselo en cara o pedirle que vaya al salón de belleza a aplicarse el tradicional desrizado.

Maestra de profesión, por aquel entonces Jiménez estuvo tres años sin trabajo, lo que atribuye a “su pajón” (estilo de peinado afro). Luego entró al movimiento social y a trabajar en una organización donde “esas cosas no eran importantes”. A partir de ahí el peso de su decisión se hizo un poco más ligero, pero todavía lucha porque se le reconozca como negra. No en el documento de identidad, donde ya no se toma en cuenta esta característica pero sí en otros documentos como el pasaporte o la licencia de conducir. Los empleados de las oficinas se sorprenden y desagradan cuando solicita que se coloque negra en la línea que traza su perfil racial, cuenta. También dice que es frecuente que en la calle le llamen “loca” o “bruja”.

“Negras lavaditas”
Algunas cosas han cambiado desde ese entonces, pero otras persisten, insiste Mendoza. “En la universidad en la que trabajo, cuando las mujeres están terminando su carrera, les exigen desrizarse, porque ‘una licenciada no anda así’”, señala.

Aunque los medios de comunicación han comenzado a incorporar mujeres negras en su publicidad, se trata, de acuerdo con Mendoza, de “negras lavaditas”, es decir, mujeres que aunque tienen el pelo crespo, poseen un perfil más cercano a lo caucásico.

En los últimos años en República Dominicana, algunas mujeres han optado por llevar el cabello afro. Para ellas ha surgido todo un mercado de productos y salones de belleza especializados en cabello crespo. Las redes sociales han servido para popularizar lo que consideran un movimiento de autovaloración y reivindicación de sus raíces negras.

Una consulta a sus páginas revela frecuentes las historias de rechazo y discriminación por tomar esta decisión que pasa de ser un asunto estético a una lucha reivindicativa. Las anécdotas van desde problemas en la escuela, donde se prohíbe a las niñas y adolescentes llevar trenzas o pelo crespo al estilo afro (con la amenaza de expulsión), hasta casos en los que se les pide a las mujeres con afro salir de cafeterías porque su cabello “no es higiénico”.

Precisamente, el 11 de agosto un grupo de organizaciones demandó al presidente Danilo Medina poner fin a los casos de discriminación que se producen en las escuelas y universidades contra estudiantes afrodescendientes por su manera de llevar el pelo, a través de un documento leído frente al Ministerio de Educación y el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología.

La frecuencia de estos casos motivaron en el pasado campañas desde la sociedad civil para reivindicar el respeto a la diversidad, tales como “A la escuela voy como soy”, una iniciativa que denunciaba la discriminación que sufren niños y niñas con el pelo crespo en las escuelas. Situación que, en la adultez, se ve reflejada también en los espacios laborales, de acuerdo a la campaña.

Paralelo a este movimiento, otros grupos intentan rescatar los valores de la afroidentidad a través de lo artístico, como es el caso de Kalalú Danza, cuyas acciones se focalizan en las tradiciones artísticas de las comunidades negras.

Marily Gallardo es una activista y gestora cultural que desde 1997 trabaja con hombres y mujeres afrodescendientes a través de ese espacio creativo, en siete comunidades de La Victoria, un distrito del municipio Santo Domingo Norte, que junto al municipio La Caleta y Villa Mella, y la provincia La Romana, concentra la mayor población de origen africano del país.

“Desde Kalalú planteamos la necesidad de articular las actividades y programas con el ámbito escolar. Observamos una penosa falta de consideración en estas instancias sobre la importancia y la vinculación que existe entre racismo-clasismo-colonialidad y el fenómeno de la violencia, vista como una expresión de la exclusión social. Esto es uno de los aspectos más fáciles de identificar”, dice Gallardo a Noticias Aliadas. “Por ejemplo, la mayoría de los proyectos educativos no dan respuestas efectivas a estas situaciones porque pretenden de muchas maneras negar que la cultura negra es transversal a la identidad dominicana, de las Antillas o del Caribe”.

Invisibilización de lo negro
Gallardo también señala los retos que se presentan ante quienes intentan rescatar los valores de la cultura negra.

“Las niñas y los niños están influenciados por discursos y prácticas alienantes. Rechazan la valoración de sus orígenes negro-africanos en el hogar, en la escuela, en la calle, en los libros. Sobre todo, la mayoría de los medios de comunicación mantienen una indiferencia notable a la visibilidad de quienes trabajan estos valores”, plantea la gestora.

El tercer volumen del estudio “Política social:capacidades y derechos” (2010) realizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en República Dominicana, abordó el tema de la identidad racial, encontrando distintas posiciones. Todas ellas plantean la dificultad de las personas entrevistadas de asumirse como negros: ya sea que dicen que su piel es de color “indio”, o que son “prietas” o “morenas” (una forma “suave” de asumirse como negro), pero casi nadie plantea que es “negro”. El estudio también encontró que estos prejuicios raciales tienen mayor peso en las mujeres.

“Si bien la discriminación racial afecta a ambos sexos, tiene mayor presión social en las mujeres, asociada a la belleza en la búsqueda de empleos y de parejas. Las mujeres negras entrevistadas destacan mayor discriminación para la obtención de parejas y de empleo que los hombres”, planteó en un artículo periodístico la antropóloga social Tahira Vargas, integrante del equipo investigador del estudio.

Por eso, para las mujeres de ascendencia haitiana, su condición de afrodescendiente, sumado al origen de sus padres, las expone a una doble discriminación y sobre todo a la denegación de derechos, de acuerdo a Sirana Dolis, coordinadora del Movimiento de Mujeres Domínico-Haitianas (MUDHA).

“Si una dominicana de ascendencia haitiana vive con un dominicano de origen, le es más difícil declarar a sus hijos, a pesar de que la nacionalidad del hijo se otorga automáticamente por el padre”, señala.

La situación de vulnerabilidad de esta población se acrecentó con la sentencia del Tribunal Constitucional 168-13 del 2013, que invalidó los documentos de miles de dominicanos de ascendencia haitiana, a los que se les despojó del derecho a la nacionalidad. Aunque la Ley 169-14 pretendió solucionar la situación de esta población, todavía miles de personas no han podido recuperar la nacionalidad porque sus padres carecen de documentos.

“Somos las que tenemos menos posibilidad para educarnos mejor, por el asunto de la documentación, porque en nuestro país si no tienes documentación no puedes ir a la escuela, comprar, vender, trabajar, sino desde negocios informales o trabajo doméstico mal pagado, cuando podrías ir a la escuela para aprender, educarte y salir adelante”, señala Dolis.

Las mujeres de ascendencia haitiana no solo deben soportar la presión por la cuestión del cabello. “Hay frases que debes oír diariamente, que el negro si no lo hace a la entrada, lo hace a la salida [tiende a hacer mal las cosas], que el negro es feo, es bruto, que el negro en mi casa es el caldero. Todo lo que es malo va pegado a lo negro. Para vivir en un ambiente así hay que ser muy valiente para no renegar de sí mismo”, remarca Dolis. —Noticias Aliadas.

Fuente: Noticias Aliadas
Licencia: libre reproducción mencionando la fuente

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