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28 de julio de 2016

El fin de una etapa

Cooperación internacional con Centroamérica

América Central
Helmer Velásquez


Si partimos del hecho sabido, que origen, administradores, montos, canales y destinatarios de la cooperación internacional determinan no solamente condicionantes técnico-administrativos, sino, fundamentalmente, su orientación política y finalidades, podemos afirmar, sin equivocarnos, que Centroamérica ha transitado por las más diversas fuentes y modalidades. Consecuentemente ha estado en el centro de múltiples finalidades: fuentes de cooperación abiertamente comprometidas con procesos liberadores de los pueblos; atención humanitaria; finalización de los conflictos y –su secuela de traumas y problemas ulteriores–; rutas de cooperación dirigidas a contribuir en el tránsito de la emergencia al desarrollo; contribución para la democratización política en su fase electoral en un Istmo plagado de historias sobre fraudes electorales.

No se puede obviar –además– que Centroamérica también recibió importantes flujos de cooperación en dinero y especie para defender a las dictaduras: importante arsenal y “asistencia técnica” en lucha contrainsurgente –guerra sucia incluida– que llegó del sur del continente y de lugares tan lejanos como Israel y Taiwán. Este flujo de “cooperación”, se justificaba en hacer de Centroamérica una región libre de comunismo, en paz y democracia.

Ya en la paz naciente –años ochenta–, llegó la vieja Europa con su experiencia de integración y su modelo de democracia; los norteamericanos con sus estrategias de seguridad, libre comercio, aumento de exportaciones, erradicación de la pobreza, elecciones libres y fin del hambre. La cooperación Sur-Sur continuó con su asistencia tecnológica. Cuba con médicos y deportistas. A esto habrá que sumar Naciones Unidas y la desinteresada y reembolsable cooperación de la banca internacional. Fueron tiempos de “generosidad desmedida” con los centroamericanos. Estas aseveraciones, son, en rigor, aplicables –con matices– al llamado CA-4, es decir: Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Costa Rica, Panamá y Belice poseen indicadores sociales, económicos y de cooperación absolutamente diferentes al CA-4.

Este trazo a lápiz grueso de los caminos y dobleces de la cooperación –en sentido amplio– hacia y con Centroamérica, comprime 50 años de historia, esto sin más pretensión que dibujar una especie de línea de base y tiempo, que explique los cambios sufridos a lo largo de aquel período por esos mismos estamentos de cooperación. Décadas después, la mayoría de ellos están en retirada de la región y otros se quedan, pero algunos han variado su misión, visión y particularmente su orientación política a partir de los vaivenes de la reciente historia mundial y los avatares de la política y la economía, en tiempos de comercio globalizado, narcotráfico y miedo a las capacidades de los zapadores del Oriente Medio.

La cooperación como hecho político

Bajo esta concepción, las ONGs de la región hemos estado inmersas en esos andares. La filantropía nunca estuvo en nuestra agenda. Por el contrario, nuestro ideario implicaba e implica, aupar a los sectores populares en militancia, estructura y búsqueda del poder político en nuestras sociedades. Obviamente aquel devenir, en el centro de las ideas y la movilización social y popular, marcó la historia de por lo menos tres generaciones de militantes de ONGs. En el Norte, en el Sur y para el caso: América Central.

En aquellos retazos de historia, siempre estuvo contenido un valor político y humano, cada vez más lejano en las relaciones de la cooperación de hoy: la solidaridad. Y es que en los avatares de los pueblos de la región, se imbricaron organismos de cooperación solidaria –ONGs Internacionales en la jerga técnica–, cuyos orígenes –y postulados– correspondían a Iglesias de todos los cultos, sindicatos, entidades laicas humanitarias, universidades, movimientos sociales y partidos políticos de la izquierda. Acá, la cooperación tomaba carices distintos, pues implicaba complicidad con el objetivo. En aquella historia todos fuimos –somos– constructores de cambios.

Aquella alianza –entre organismos del Norte y del Sur– siempre estuvo aderezada por grandes debates sobre agenda y estrategia, acompañados de una lucha cuasi fratricida por lograr horizontalidad en la relación. Ésta categoría, se vivía cuando la alianza política predominaba sobre el proyecto o los dineros de cooperación. Era aquella una relación, no alejada de contradicciones y tensiones, posibles de superar, en razón de los fines últimos de aquel proceso.

El ahora

Fin de una etapa: los prolegómenos del cambio y el anuncio de la retirada se manifiestan al fin del milenio. Para las ONGs se inician los tortuosos procesos de traslado de capacidades –embutidos– en programas de fortalecimiento institucional dirigidos a los del Sur, a cargo de tecnócratas “expertos”. La idea, dejar capacidad instalada y herramientas para la “diversificación” de fuentes financieras. Esto último, en un primer momento acompañado de los viejos socios y posteriormente concursando –en competencia– con los viejos aliados.

Los caminos empiezan a apartarse. Los viejos personajes de la cooperación han salido del oficio y otros se han incorporado a mecanismos oficiales, pasa en el Norte como en el Sur. Estamos a principios del siglo y en este ínterin el mundo se sacude por una sucesión de crisis: financiera, militar, alimentaria y política, entre otras. En el medio, se instala un severo cuestionamiento social y político a la efectividad de la cooperación y la burocracia que se sostiene en ella. Esta serie de crisis y el “fin de la historia” signan los tiempos y nuestros viejos socios en la cooperación –hablo de las instituciones no de las personas– asumen una política más moderada frente a la expansión del capital.

No podemos negar, se afirma –en las ONGs antañonamente contrarias a la expansión depredadora del capital– que la empresa es generadora de desarrollo y ha demostrado ser “fuente” de financiamiento, además de ¡probada! “eficiencia y eficacia” como agente del desarrollo. Esto implica reconocer –sigue el discurso– un “nuevo rol” al sector privado en el desarrollo. En este punto expresan su acuerdo generalizado las instituciones financieras internacionales y agencias de Naciones Unidas. Una concepción que queda sellada en la declaración de Busán sobre la efectividad del desarrollo.

Bajo aquella “legitimidad”, se demanda a todos los estamentos de cooperación revisar “viejos paradigmas” y hacerse acompañar de la Responsabilidad Social Empresarial, en las nuevas acciones del desarrollo. Se propone a las ONGs de Centroamérica ser parte del nuevo círculo virtuoso del desarrollo: Agencias de Cooperación, ONGs e Iniciativa Privada.

Así, mientras nuestros hermanos de siempre: los pueblos, comunidades, movimientos sociales, resisten en sus territorios, para evitar el saqueo de los bienes naturales, los estamentos oficiales, multilaterales y no gubernamentales de cooperación, nos llaman a ser “creativos” y coadyuvar con el desarrollo; hacer “entender” a las comunidades que la empresa que utiliza su agua –por ejemplo– es un factor de desarrollo y que, por tanto, debemos colaborar con su empeño. Esa es la nueva cara de la cooperación con Centroamérica. Obviamente existen y existirán honrosas e históricas excepciones.

Dentro de los nuevos papeles que se sugieren a las ONGs en Centroamérica, se privilegia transformarnos en certificadores de buenas prácticas empresariales. Es decir, aplicar a la empresa extractiva una serie de estándares “voluntarios” sobre su buen uso de los bienes naturales, buenas prácticas laborales y la relación filantrópica de las empresas con las comunidades de acogida. Aquello, entre otras cosas, implica renunciar al Derecho a Decir No a la inversión en nuestros territorios y olvidarnos –ayudando a que la comunidad también lo olvide– del legítimo Derecho a la consulta previa, libre e informada sobre el establecimiento o no de inversiones en su territorio.

La vuelta de rosca de la cooperación bilateral

Los países nórdicos, de manera concertada o no, han hecho sus maletas y abandonan la región. Suecia es la excepción y de momento sin señales de preparar la salida. De los argumentos de salida destacamos éste: “nos vamos al África, Centroamérica está compuesta por países de renta media y tiene los suficientes recursos (hacen sus cuentas vía PIB) para financiar su desarrollo, es hora de que las oligarquías locales financien el desarrollo de los pueblos de donde extraen la riqueza”. Un argumento con el que no podemos estar en desacuerdo, pero ya en corrillos más íntimos se agrega: el África es más pobre y es el continente en donde una mayoría europea tiene fincados sus negocios: - industria extractiva incluida.

Nos queda el mundo de la multilateralidad, en donde la prioridad está fincada en apalancar los acuerdos comerciales: Tratado de Libre Comercio C.A y USA y Acuerdo de Asociación C.A/ UE. Así –por ejemplo– una porción importante de la cooperación europea hacia la región, discurre en “ayudarnos” a ser mejores exportadores, elevar estándares de calidad e inocuidad, todo ello con la promesa de una amplia apertura de mercados. Así, se prioriza financiar y asistir técnicamente la Unión Aduanera Centroamericana. Esto en términos prácticos deriva en ir armonizando Centroamérica a los dictados del comercio mundial.

Alba –la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América– no está ahora en su mejor momento y no aparece en el corto plazo, con una renovada agenda de cooperación a la región. La cooperación Sur-Sur mantiene sus mecanismos y modalidades, pero no implica, en términos generales, una estrategia en ascenso, ni un mecanismo que supla las ausencias.

Así que de vuelta al patio trasero: el Plan para la Prosperidad, Estados Unidos renueva presencia en la región y sus márgenes de cooperación son los que están al alza: es el país con más “ayuda” bilateral a la región. Una muestra de aquello es la nueva plataforma de cooperación denominada Plan para la Prosperidad, acotada –por cierto– al CA-3 o Triángulo Norte: Honduras, Guatemala, el Salvador. La razón es simple: crear un cinturón militar de seguridad frente al narcotráfico y la “amenaza terrorista”, bajar flujos migratorios y apalancar al sector privado de estos tres países. Para este efecto, el Congreso de Estados Unidos aprobó un aporte de US$750 millones de dólares para los tres países en el 2016, aún no desembolsados; se prevé una cifra similar para 2017. Es decir, en términos de cooperación, Centroamérica vuelve al seno de “nuestro socio histórico”. Este colofón explicita de forma meridiana las realidades de la Cooperación Internacional con Centroamérica, al día de hoy.

Helmer Velásquez, Guatemala, Coordinación de ONG y Cooperativas (Congcoop). Representante Subregional de la AOED para Centroamérica y México.






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