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9 de junio de 2013

El Pantanal, una joya bajo asedio

Minería y monocultivos impactan negativamente
en el Pantanal. (Foto: Paolo Moiola)
Brasil
Noticias Aliadas

Paolo Moiola


Cambio climático y actividades humanas ponen en peligro al humedal más grande del mundo.

Con una superficie de unos 210,000 km2 distribuidos en tres países —Bolivia, Paraguay y sobre todo Brasil en el sur del estado de Mato Grosso y el nordeste del estado de Mato Grosso do Sul—, el Pantanal es el humedal más grande del mundo y un santuario de biodiversidad, que alberga una diversidad de flora y fauna que no tiene igual en el continente americano.

Este bioma único, declarado en el año 2000 como Patrimonio Natural de la Humanidad y Reserva de la Biosfera por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), está en peligro.

Los riesgos y daños provienen del cambio climático que ha producido devastadoras inundaciones o sequías, pero también —y sobre todo—de la expansión de las actividades humanas. La agroindustria, especialmente el cultivo de la soja y el uso de agroquímicos, ha provocado deforestación; el crecimiento exponencial de la ganadería vacuna causa un enorme impacto ambiental; la actividad minera, con la minería aurífera a la cabeza, ha contaminado las aguas que llegan al Pantanal; y la construcción de represas ha modificado, ampliado o hecho permanente una parte de las zonas inundadas.

Pantaneiros y assentados
Con más de 25 años de estancia en el Pantanal, el sacerdote católico Pasquale Forin, misionero italiano que vive en Corumbá, en Mato Grosso do Sul, puede testimoniar personalmente los cambios producidos en el ecosistema natural y en las poblaciones.

“En algunas colonias”, dice el sacerdote católico, “antes se llegaba en bote; ahora se camina por horas y horas desde el río hasta las casas. En los últimos años he visto la transformación del río Tacuarí, uno de los principales afluentes del río Paraguay: su curso natural ha sido desviado, su lecho se ha reducido por los sedimentos, la vida en sus aguas ha sido exterminada por los fertilizantes químicos”.

Los cambios en el río Tacuarí se reflejan en una cifra impresionante: en la última década, la pesca en el río ha disminuido siete veces, pasando de 485 toneladas al año en el 2002 a sólo 62 en el 2012, según el gubernamental Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (INCRA).

Los cambios en el ecosistema se reflejan también en gran medida sobre los 200,000 habitantes del Pantanal. Relativamente pocos (dos por km2), se dividen en pantaneiros (incluyendo algunos grupos indígenas: kadiwéu, guató, terena, umutina, bororo, a menudo compuestos por unas pocas decenas de personas) y en asentados (colonos).

Estos últimos llegaron con las asignaciones de tierras por parte del INCRA como parte del plan nacional de reforma agraria del gobierno del PT.

“A estos agricultores [colonos] les asignaron apenas un pedazo de tierra”, explica Forin. “El área mínima debería ser de 25 Ha. Pero el INCRA ha dado de 13 Ha a 16 Ha. Y la tierra es del Pantanal, que no es tan fértil como la de otros estados brasileños. Después de uno o dos años, la tierra ya no es productiva, sobre todo en presencia de agua calcárea, no apta para el cultivo. De agricultores los colonos se convierten en criadores. Pero el espacio necesario es de 2 Ha de tierra por cada cabeza de ganado. Crían ganado de calidad inferior para producir un poco de leche para el autoconsumo o para el mercado”.

“Nosotros intervenimos para construir pozos y cisternas de agua potable y con proyectos de microcrédito, para permitir la compra de semillas o herramientas”, agrega. “Sin embargo, en esta situación de precariedad muchos jóvenes abandonan los asentamientos rurales, donde permanecen sólo los viejos para cultivar yuca hasta que alcancen la edad de jubilación. Sin hablar de las familias que, debido a una inundación, lo han perdido todo y han tenido que endeudarse o abandonar la tierra”.

Los latifundistas y la práctica del grilagem
Al igual que en todo Brasil, incluso en el Pantanal hay familias o grupos indígenas que traspasan sus tierras de generación en generación, pero a menudo no tienen la propiedad formal. De esta situación buscan aprovecharse los latifundistas a través de la práctica del grilagem, o apropiación ilegal de tierras con títulos de propiedad falsos.

El informe de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) sobre conflictos en el campo en el 2012, publicado en abril pasado, señala numerosos conflictos por la tierra entre latifundistas y grupos indígenas locales en Mato Grosso y Mato Grosso do Sul, los estados brasileños que albergan casi el 70% del Pantanal. Según datos de la CPT en el 2012 hubo 26 conflictos de tierra en Mato Grosso y 58 en Mato Grosso do Sul.

“También hemos tenido que defender a muchas familias para que no fueran desalojadas de un día para otro por los latifundistas”, dice el padre Forin. “Y hemos arriesgado la vida: son gente que no bromea. Vinieron con tractores a derribar sus casas. Y las mujeres con los niños se paraban delante de ellos. Me contaron de un grileiro que ordenó al conductor que pasara encima de las personas que se oponían y que él se bajó del tractor respondiendo ‘Si quiere, hágalo usted’. Hoy, afortunadamente, la mayoría de las familias que nosotros acompañamos tienen título de propiedad”. —Noticias Aliadas.

Fuente: Noticias Aliadas


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