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23 de marzo de 2012

Menores de Eritrea huyen de sus hogares por temor al reclutamiento forzado

ACNUR. G. Beals
Eritrea

El Mercurio Digital


Greg Beals en el campamento de refugiados de Mai-Aini, Etiopía (ACNUR) - Gebre* conocía los peligros tan bien como cualquier niño de 13 años. Él entendía que ser capturado por la guardia fronteriza eritrea huyendo de su país, podría significar la cárcel o algo peor. Y cualquiera que tomara la ruta hacia Etiopía a través de Sudán podría ser capturado para exigir luego un rescate.

Pero lo que era cierto es que muy pronto Gebre sería lo suficientemente mayor para servir en el ejército de Eritrea, en donde el servicio militar es duro y puede tomar décadas. Él habló acerca de este asunto con su familia y juntos acordaron que era preferible arriesgarse a una serie de problemas que a una vida de oportunidades perdidas.

Así que la noche después de que su familia pagó 25.000 nakfas eritreos (US$1.650) a los traficantes, se introdujo en el maletero de un carro y fue llevado a través de la frontera con Sudán. Desde allá, cruzó a Etiopía y llegó al campamento de Mai-Aini.

Así como otros refugiados eritreos aquí, Gebre ve Mai-Aini como un paso para mayores y mejores cosas. Tres años después de su llegada a Etiopía, se encuentra en contacto con su abuela con el fin de auspiciar su residencia en Canadá, en donde ella vive. “Ya he comenzado el proceso,” dice el jóven de 16 años. “Pronto estaré allá.”

Actualmente en el campamento de Mai-Aini, se encuentran 1.124 menores separados o no acompañados. Algunos llegan debido a que son demasiado jóvenes para entender las consecuencias de cruzar la frontera en medio de dos Estados hostiles, o porque sienten que no tienen más oportunidades en casa. Otros se encuentran en la búsqueda de sus hermanos que han huido anteriormente.

Cerca de 4.000 refugiados han dejado el campamento pasando a los países vecinos a partir de su establecimiento en 2008. Recientemente, cuatro se ahogaron intentando cruzar el río Tkeze entre Etiopía y Sudán. “[Algunas] personas vienen a Etiopía como una parada de tránsito”, dice Meleku Gutem, un asistente de protección de ACNUR en el campamento de Mai-Aini. “Ellos están buscando ir a un tercer país, ya sea para reunirse con otros miembros de su familia o para conseguir mejores oportunidades de trabajo”.

Actualmente no existe un acuerdo entre Etiopía y Eritrea que permita la repatriación. La repatriación informal, especialmente de menores, pudo tomar lugar a través del Comité Internacional de la Cruz Roja hasta el año 2009. Ahora esto se ha interrumpido y aún los mensajes a las familias no pueden ser enviados.

Los jóvenes no acompañados menores de 17 años viven en una sección especial del campamento. Trabajadores sociales los visitan diariamente. A cada unidad habitacional, en la cual viven seis niños, se les provee una ración diaria de comida. Los jóvenes suelen cocinar su propia comida y hacen pan en una cocina comunal.

Johanas de once años, dejó Eritrea por aburrimiento y como una osadía. Se sentó con sus amigos en un pueblo de Sanafa y habló acerca de los peligros que existen al otro lado. A cada uno se le ha dicho que los etíopes ven a los migrantes eritreos como espías y que serán arrestados.

“Sólo estábamos hablando y jugando”, dice Johanas. “Me dijeron que aún no era lo suficientemente grande para cruzar la frontera y les dije que sí lo era”. Ahora el joven extraña a su madre y sus dos hermanas menores. “Necesito regresar”, dice. “Necesito que mi madre me cante canciones”.

En su mayoría, lo que mantiene a gran parte de los jóvenes en el campamento, es el temor de lo que está más allá de la frontera y la esperanza de que sus familiares vengan a ayudarles. Se sabe que los contrabandistas y traficantes surcan las rutas a Egipto, Israel y Libia y cada uno ha oído historias de horror de los niños que se fueron. ACNUR y la agencia gubernamental de refugiados, ARRA, han intentado incrementar la conciencia acerca de los peligros.

Abeba,* 15 años, cruzó la frontera con Etiopía luego de caminar por tres horas desde su pueblo. Una de sus amigas le dijo que ella quería ser una refugiada y le preguntó si ella también quería serlo. Abeba estuvo de acuerdo rápidamente, en especial porque extrañaba a su amiga Gidena*, 21 años, quien se había ido meses antes a Etiopía. Cuando Abeba llegó al campamento de Mai-Aini en abril del 2009, se dio cuenta de que su hermana se había ido tres meses antes a Israel.

Las dos hermanas se encuentran en contacto, pero Napsenet le prohibió a su hermano menor siquiera intentar cruzar hacia Israel. “Me dijo que si voy allá ilegalmente, hay bandidos. Te van a torturar y a violarte”, dice Abeba. “Entonces mi Hermana me dijo, ‘No vayas allá. Es peligroso y no es para ti’”.

Desafortunadamente, muchos otros menores no acompañados intentarán cruzar la frontera a pesar de las advertencias.

* Los nombres han sido cambiado por razones de protección.

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