26 de septiembre de 2011

Etiquetas RFID: un poco de confort a cambio de su intimidad

NUEVAS TECNOLOGÍAS DEL CONTROL

Periódico Diagonal, nº157
26/09/2011

SIMONE SANTINI / Profesor de informática de la Universidad Autónoma de Madrid


Muchas tecnologías que ponen en peligro nuestros derechos o que dan a las empresas poder y privilegios, tienen algo en común: también tienen algunas ventajas para sus usuarios, y el dispositivo de propaganda de las empresas sabe muy bien cómo enaltecer estas ventajas escondiendo al mismo tiempo los posibles riesgos.

Esta estrategia es bastante evidente en el caso de las llamadas etiquetas electrónicas Radio Frequency Identification (RFID) que los productores están empezando a implantar en varios tipos de mercancías. La ventaja que se resalta es la comodidad: a todos nos gustaría pasar por la caja del supermercado y pagar sin tener que sacar la compra del carro y luego volverla a meter en las bolsas. Todo sería más rápido si la caja misma pudiera “comunicarse” con la compra y conocer en el momento todo el contenido de nuestro carro. Así también se perderán puestos de trabajo, pero, ¿quién tiene tiempo para ocuparse de semejantes detalles?

Pequeñas comodidades como ésta son las armas que la propaganda industrial usa para introducir nuevas técnicas de control, sin informarnos de todas sus consecuencias. El problema de base no es el momento de la compra, sino lo que pasa después, el control a largo plazo que estos dispositivos permiten, y las manos en que se queda este control.

Muchos identificadores RFID se quedan en los objetos adquiridos incluso después de la compra, y sin que el comprador lo sepa. En el caso de las etiquetas pasivas, éstas pueden seguir funcionando durante toda la vida útil de un objeto o de una prenda. Si algo ha sido pagado con una tarjeta de crédito, es posible relacionarlo con la persona que lo ha comprado, y esta información puede ser leída cada vez que la etiqueta se encuentre a unos metros de un lector oportuno. A través de los objetos que llevamos, es técnicamente posible saber en cualquier momento dónde estamos y deducir en parte lo que estamos haciendo.

Si esto ya parece una violación de la privacidad, las cosas van a peor: las técnicas de minería de datos permiten derivar mucha información partiendo de muy pocos datos. Años atrás, el grupo de investigación en que trabajaba hizo una demostración en este sentido. En un grupo de despacho pusimos (con el permiso de los ocupantes) células fotoeléctricas para determinar el número de personas que pasaban por cada puerta. Los datos no indicaban quién pasaba, ni si la persona entraba o salía. Usando estos datos y una técnica matemática llamada tomografía de red conseguimos una estadística completa de todos los recorridos de las personas: quién visitaba a quién y cuántas veces, quién comía junto a quién, quiénes se iban juntos, etc.. Los datos que un RFID permite recoger sobre una persona son infinitamente más ricos de los que usábamos en el experimento, y la información sobre la vida y los hábitos que se pueden derivar de éstos son correspondientemente más completos.

La información es poder, y con las etiquetas electrónicas iremos llevando junto a nosotros un gran número de faros que irán transmitiendo información a cualquiera con bastante dinero y poder para crear una infraestructura de escucha. Hay también aplicaciones más inquietantes. La primera es la inserción en los DNI de etiquetas con los datos biométricos del titular. Una buena excusa para estas invasiones la proporciona, como siempre en estos tiempo, la seguridad.

El Estado estadounidense de Virginia ha propuesto implantar un RFID en los carné de conducir, aduciendo el hecho que varios de los terroristas del 11-S llevaban un carné de Virginia falso. La American Civil Liberties Union hizo notar que, además de ser una invasión de la privacidad de los ciudadanos, la propuesta no habría entorpecido a los terroristas, ya que los carnés “falsos” eran en realidad carnés oficiales conseguidos con identificación extranjera fraudulenta. Pero, como en otros casos, poco puede la racionalidad sobre el miedo. No escapa a la tentación identificadora el otro gran miedo de nuestra época: la inmigración.

Scott Silverman, presidente de VeriChip Co. ha propuesto simple y llanamente implantar un chip RFID en todos los inmigrantes temporeros que lleguen a EE UU. Nada menos. La carrera al control global de las personas se ha abierto oficialmente y la defensa de la privacidad se enfrenta a poderosos intereses económicos y políticos. Y, por lo menos en este momento, quizás los disparates como él de Silverman sean el mal menor. Se trata de amenazas tan abiertas que, hasta que dure un Estado de derecho aceptable, debería ser posible defenderse de ellas. Lo difícil es defenderse del control indirecto, pero muy completo que suponen las etiquetas RFID embebidas en los objetos que compramos.

Como dijo la senadora del Estado de California, Debra Brown: “¿Cómo se sentiría usted si, por ejemplo, un día se diera cuenta que su ropa interior permite revelar su paradero?” Nuestra ropa, los objetos que llevamos con nosotros, pueden contar no sólo nuestro paradero, sino toda nuestra historia a quien sabe escuchar. Y esto sin contar la completa etiqueta electrónica que todos llevamos con nosotros: nuestro móvil. Pero, claro, el móvil por lo menos lo podemos apagar. Por el momento.

DOS TIPOS DE ETIQUETA

Las etiquetas Radio Frequency Identification (RFID) son pequeños dispositivo (de tamaño variable entre uno y cinco milímetros) que contienen datos y permiten la recepción de estos datos desde cierta distancia usando un oportuno aparato receptor. Hay dos tipos fundamentales de etiquetas.

Las etiquetas activas contienen un transmisor alimentado mediante una batería. Tienen un alcance relativamente ancho. Las etiquetas pasivas funcionan usando la energía de las ondas electromagnéticas enviadas por el aparato fijo de recepción. Tienen un alcance limitado, y sólo funcionan en distancias cortas (unos 10 metros). Pero no tienen batería, son muy baratas, y funcionan prácticamente para siempre. Además, algunas etiquetas permiten que el receptor transmita datos, modificando el contenido de la etiqueta misma.

Fuente: Periódico Diagonal
Licencia: Creative Commons

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