La riqueza en Chile, lo sabemos, está muy mal estivada. Se habla de “línea de pobreza” cuando se está por debajo de un ingreso de $47.000 mensual, la indigencia se mide bajo $23.000. Estos son criterios “técnicos”, ya que obviamente ambas cifras son de indigencia. Tenemos cerca de 3 millones de personas por debajo de la línea de pobreza. Por otro lado, un 2,7% de 17 millones de chilenos, manejan un patrimonio de US$ 66.000 millones, lo que supera los fondos de pensiones (AFP). El 40% de estas fortunas está fuera de Chile, multiplicándose en bancos o financieras extranjeras. Entre los pobres y los ricos está la “clase media”, cuyos ingresos son superiores a ¡$48.000! Aquí hay una pobreza numerosa y encubierta, quizás más difícil de sobrellevar y de la que no se habla. ¿Cuántos millones de personas son? No lo sé.
Siempre me ha llamado la atención que se empleen los términos “humilde” o “modesto” para referirse a los pobres. Pareciera que así suena mejor, se suaviza la expresión, se transforma una tragedia en algo más aceptable. Pero es un grave error conceptual. Ser pobre es una condición, es precariedad que consiste en carecer de oportunidades y cosas que se dan por supuestas: comer todos los días, tener acceso digno a educación y salud, tener una vivienda que sea refugio, comprar una pieza de ropa o zapatos nuevos de vez en cuando, especialmente en Fiestas Patrias … Los pobres de la clase media, con ingresos superiores a estos de la línea de pobreza (se calcula que mínimo $400.000), pueden llegar a educar a sus hijos, ser felices con poco, disfrutar la vida siendo muy ordenados, austeros y proponiéndose metas y sueños que los impulsen a vencer obstáculos. Es dificultoso, pero posible, salir con coraje de esta pobreza.
Cuando se está por debajo de la línea de pobreza, se está en un hoyo del que no se sale. Aquí no hay factibilidad de opción, de metas, de sueños. El terremoto de febrero dejó al descubierto parte de esta pobreza de Chile, que muchos no conocíamos. Por ella y en ella se sobrevive como náufrago agarrado de una tabla y a merced de las olas y temporales. En esta indigencia, que más que pobreza es miseria, se depende absolutamente de subsidios del Estado o de organizaciones sociales; sin ellos no hay acceso a nutrición, salud ni vivienda. Como hay que vivir muy concentrado en no soltarse de la tabla, no hay posibilidad de hacer otra cosa: se tienen las manos ocupadas.
Porque creo en Dios, en un Dios-Padre que ama preferentemente a los pobres, a los marginados, a los que nadie ama, cuando escucho hablar de ellos como “gente humilde”, “gente modesta”, siento malestar y escalofrío. Lo que necesitan los pobres es dignidad, ser tratados como seres humanos capaces de existir y, porque carecen de todo, con más derechos que el resto. Ellos son las víctimas, los crucificados de la historia y nuestro deber es bajarlos de la cruz. ¿Cómo hacerlo si tememos emplear la palabra “pobre” para encubrir su desvalidez? La pobreza es un pecado social del cual somos todos culpables. No habría pobres ni extremadamente pobres si yo renunciara a parte de mi bienestar, a parte de mi comodidad, a parte de mi poder; si el país no empleara tantos recursos en armamentos para “disuasión”. La pobreza es resultado de un modelo económico y social cuyo centro no es el bien común; su centro es el lucro de los propietarios de los medios de producción mediante la absoluta libertad de la actividad económica y necesita, para ello, la debilitación del Estado. Por sobre el trabajo humano está el capital y éste debe multiplicarse, no importa cómo… Así lo vemos, muy didácticamente, en la mina San José. También vemos en este accidente la importancia de un Estado fuerte y sensible con las víctimas. Este episodio es una tremenda lección para todos, ¡esperemos que los 33 salgan vivos! ¡Cuánta fortaleza, valentía, disciplina e inteligencia tienen!
Ser humilde es una virtud que se traduce en no ser presuntuoso, en no “dictar cátedra”. Es escuchar al otro y su verdad, aceptar que nos equivocamos, que no somos, ni cerca, el centro del mundo. Humildad es tener claro que soy frágil, que dependo de los demás, que los necesito. Es ver lo malo que hay en mi vida y procurar corregirlo aunque duela; es ver las cosas como son, lo bueno como bueno, lo malo como malo. La humildad es un valor que nos permite la visión correcta de la realidad.
Ser modesto es otra virtud cercana a la humildad: no vanagloriarse de saber, tener o ser. Es austeridad en la vida, sin 4x4, salvo que debamos transitar caminos destruidos; es tener casas acogedoras, para comodidad y disfrute de nuestro grupo familiar, no para vanagloriarnos; es comer, vestir y “producirse” decentemente, con moderación, sin provocar, sin llamar la atención; es ser sencillos, sin grandes lujos y con poca vanidad.
Como hemos perdido hace tiempo la humildad y la modestia, ya no sabemos qué significan estos términos y los utilizamos erróneamente para designar a las víctimas de nuestro sistema de libre mercado, del consumo compulsivo y del armamentismo. ¡Es urgente que Chile vuelva a esos valores que nos hicieron grandes y austeros! Los pobres quizás tengan que ser humildes y modestos para sobrevivir o evitar daños mayores en sus vidas, pasando desapercibidos, … Si bien los valores de humildad y modestia son más cercanos a los pobres y los antivalores de soberbia y arrogancia están más cercanos a los ricos, no confundamos los términos. Puede haber pobres humildes o soberbios; puede haber ricos modestos o arrogantes. Pero, NO ES LO MISMO. ¡Aprendamos a hablar con más asertividad!
Cuando se está por debajo de la línea de pobreza, se está en un hoyo del que no se sale. Aquí no hay factibilidad de opción, de metas, de sueños. El terremoto de febrero dejó al descubierto parte de esta pobreza de Chile, que muchos no conocíamos. Por ella y en ella se sobrevive como náufrago agarrado de una tabla y a merced de las olas y temporales. En esta indigencia, que más que pobreza es miseria, se depende absolutamente de subsidios del Estado o de organizaciones sociales; sin ellos no hay acceso a nutrición, salud ni vivienda. Como hay que vivir muy concentrado en no soltarse de la tabla, no hay posibilidad de hacer otra cosa: se tienen las manos ocupadas.
Porque creo en Dios, en un Dios-Padre que ama preferentemente a los pobres, a los marginados, a los que nadie ama, cuando escucho hablar de ellos como “gente humilde”, “gente modesta”, siento malestar y escalofrío. Lo que necesitan los pobres es dignidad, ser tratados como seres humanos capaces de existir y, porque carecen de todo, con más derechos que el resto. Ellos son las víctimas, los crucificados de la historia y nuestro deber es bajarlos de la cruz. ¿Cómo hacerlo si tememos emplear la palabra “pobre” para encubrir su desvalidez? La pobreza es un pecado social del cual somos todos culpables. No habría pobres ni extremadamente pobres si yo renunciara a parte de mi bienestar, a parte de mi comodidad, a parte de mi poder; si el país no empleara tantos recursos en armamentos para “disuasión”. La pobreza es resultado de un modelo económico y social cuyo centro no es el bien común; su centro es el lucro de los propietarios de los medios de producción mediante la absoluta libertad de la actividad económica y necesita, para ello, la debilitación del Estado. Por sobre el trabajo humano está el capital y éste debe multiplicarse, no importa cómo… Así lo vemos, muy didácticamente, en la mina San José. También vemos en este accidente la importancia de un Estado fuerte y sensible con las víctimas. Este episodio es una tremenda lección para todos, ¡esperemos que los 33 salgan vivos! ¡Cuánta fortaleza, valentía, disciplina e inteligencia tienen!
Ser humilde es una virtud que se traduce en no ser presuntuoso, en no “dictar cátedra”. Es escuchar al otro y su verdad, aceptar que nos equivocamos, que no somos, ni cerca, el centro del mundo. Humildad es tener claro que soy frágil, que dependo de los demás, que los necesito. Es ver lo malo que hay en mi vida y procurar corregirlo aunque duela; es ver las cosas como son, lo bueno como bueno, lo malo como malo. La humildad es un valor que nos permite la visión correcta de la realidad.
Ser modesto es otra virtud cercana a la humildad: no vanagloriarse de saber, tener o ser. Es austeridad en la vida, sin 4x4, salvo que debamos transitar caminos destruidos; es tener casas acogedoras, para comodidad y disfrute de nuestro grupo familiar, no para vanagloriarnos; es comer, vestir y “producirse” decentemente, con moderación, sin provocar, sin llamar la atención; es ser sencillos, sin grandes lujos y con poca vanidad.
Como hemos perdido hace tiempo la humildad y la modestia, ya no sabemos qué significan estos términos y los utilizamos erróneamente para designar a las víctimas de nuestro sistema de libre mercado, del consumo compulsivo y del armamentismo. ¡Es urgente que Chile vuelva a esos valores que nos hicieron grandes y austeros! Los pobres quizás tengan que ser humildes y modestos para sobrevivir o evitar daños mayores en sus vidas, pasando desapercibidos, … Si bien los valores de humildad y modestia son más cercanos a los pobres y los antivalores de soberbia y arrogancia están más cercanos a los ricos, no confundamos los términos. Puede haber pobres humildes o soberbios; puede haber ricos modestos o arrogantes. Pero, NO ES LO MISMO. ¡Aprendamos a hablar con más asertividad!
Fuente: piensaChile
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