9 de agosto de 2010

¿Víctimas o culpables?

Este año, 42 mujeres han sido asesinadas en España

María Pilar Queralt del Hierro

Al tiempo que se hace público el dato de que, durante el primer semestre de 2010, 42 mujeres han sido asesinadas por sus parejas, una cifra que supera el mismo trágico ranking del pasado año, el Ministerio de Igualdad ha hecho público el resultado de una encuesta en la que se asegura que, en caso de maltrato, el 40 % de los españoles culpa de su trágico final a la propia víctima “por seguir conviviendo con su verdugo”. Por otra parte, aunque el 87 % de los encuestados condena la violencia machista, se justifica al agresor achacando su conducta a problemas psicológicos, a haber padecido maltrato en su infancia o al abuso de alcohol y drogas. Es más, un 5’9 % de los ciudadanos justifica que un hombre agreda a su pareja cuando ésta decide dejarle.

El resultado del sondeo es francamente alarmante. Ya lo fue en su día saber que, ante un posible recorte de carteras ministeriales, la mayoría de los españoles abogaban por suprimir el ministerio de Igualdad, alegando que la ley garantizaba plenos derechos a hombres y mujeres y que, por tanto, no se justificaba su existencia. La experiencia diaria demuestra que tal afirmación es una falacia y, por si quedaba alguna duda, así lo avalan las opiniones recogidas en el reciente estudio de opinión.

¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI pueda tacharse a una mujer maltratada de débil o cobarde por no haber escapado a tiempo de las garras de su maltratador? En primer lugar la violencia de género es el único delito en el que la víctima se ve “castigada” (¡como si su calvario doméstico no hubiera sido suficiente!) a abandonar su casa y vivir casi escondida, mientras su agresor puede seguir habitando el domicilio conyugal siempre que no exista denuncia y hacer su vida normal. Pero, además, hay que tener en cuenta que a toda mujer maltratada le resulta muy difícil, por no decir imposible, romper el círculo vicioso que le une a su pareja. Y no solo por razones materiales.

Un peligroso seductor
Toda mujer que ha sido víctima de maltrato ha perdido, además, su autoestima. Lenta pero sutilmente su maltratador la ha ido anulando con actitudes o frases que pueden ir desde un inofensivo –aparentemente-- “¡Cosas de mujeres!”, hasta frases insultantes como “¡Tú que sabes de eso!”, “¿Dónde ibas a ir tú sin mi?”, “¿De qué te has vestido hoy?” o, incluso, “¿Quién va a quererte más que yo? ”Lamentablemente el maltratador suele ser un hombre encantador, seductor nato, que comienza por hacer creer a su pareja que su exceso de celo no es más que una muestra de su amor.

Luego vienen los gritos, las prohibiciones, las vejaciones, el aislarla de todo lo que pudiera ser su mundo para dejarla a su merced, para hacerla creer que sin él, ella no es nadie. Es en este último estadio cuando aparecen –si es que vienen-- los golpes. Y cuando algunas valientes mujeres se deciden a denunciar. Pero no olvidemos que son legión las mujeres que sufren maltrato psicológico, una amenaza tan sutil como inadvertida para quienes la rodean y que muchas veces se justifica con argumentos como un carácter difícil o una enfermiza celotipia. Una terrible realidad que solo se destapa cuando, lamentablemente, ya es demasiado tarde.


Un largo via crucis
El maltrato no se improvisa, no aparece de la noche a la mañana. Es un via crucis largo y doloroso que comienza por la destrucción de la personalidad de la víctima ¿Cómo puede, pues, escapar a su maltratador una mujer que carece de autoestima o que acepta su situación achacándola a la tradición o a la costumbre? No olvidemos que hasta 1961con la promulgación de la Ley sobre Derechos políticos, profesionales y laborales de la mujer, las leyes franquistas impedían trabajar fuera de su casa a las mujeres casadas además de, evidentemente, sufrir muchas otras dramáticas limitaciones.

Es más, hasta 1976 se mantuvo la necesidad de la autorización del marido para acceder a un puesto de trabajo, abrir una cartilla de ahorros o viajar sola. Además, leyes aparte, el modelo social que se imponía desde la Iglesia y el Estado era el de mujer sumisa, descanso del guerrero y madre abnegada, que debía sufrir con resignación cualquier actitud por extemporánea que esta fuera de su dueño y señor. De esta forma, la mujer pasaba de la autoridad de un padre a la del marido y, si enviudaba, a la de los hijos.


El peso de la tradición
Evidentemente, somos herederos de esa sociedad. De una sociedad que castigaba a las violadas por “provocadoras”, que imponía cristiana resignación ante un ataque de ira marital o que recomendaba a las jóvenes que “se hicieran la tonta” si querían “pescar” un buen marido. Una sociedad en la que las solteras eran “solteronas” y las mujeres autosuficientes “carecían de femineidad”.

Un mundo que, afortunadamente, ha periclitado para una gran mayoría pero donde, a juzgar por la encuesta del Ministerio de Igualdad, aún siguen estancados muchos españoles y, lo que es peor, algunas españolas. Porque no debemos olvidar que el machismo también es cosa de mujeres.

En cualquier caso, es totalmente injusto juzgar a una mujer maltratada, a veces desde su infancia, por su incapacidad de romper los lazos con su agresor. Los expertos aseguran que la labor de recomposición de la autoestima de una mujer maltratada es una de las tareas más arduas de la psicología. Posiblemente porque la agresión haya venido de aquel en quien más confiaba, pero tal vez porque no solo se han sentido víctimas de su maltratador, sino por una parte de la sociedad que ha contemplado su drama con indiferencia e incluso, a juzgar por ese 40 % de encuestados, con desprecio.

María Pilar Queralt del Hierro es historiadora y escritora

Fuente: elplural.com
Licencia: Creative Commons

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