Ileana Alamilla
El Día Mundial del Medio Ambiente nos encontró entre lodo, arena, ceniza, agua, tristeza, y con augurios de enfermedades y epidemias. Hemos tratado a nuestro planeta de manera egoísta, y si bien hay algunos que tienen la mayor parte de responsabilidad, cada uno (a) ha aportado lo suyo.
Este oasis que habitamos nos está enviando señales de su rechazo a la forma en que mantenemos el contacto con la naturaleza. Guatemala está en una zona de alto riesgo, ya nos lo han dicho hasta la saciedad; ahora, de ajuste, hay expertos que aducen que el suelo donde estamos asentados es vulnerable a otros riesgos como los hundimientos. Se ha alertado también con anticipación que no se debe construir en terrenos peligrosos, otros han avisado cuando perciben el riesgo, pero parece que estamos sordos y nos negamos a insistir, y las autoridades responsables, a escuchar y atender las alertas. ¡Somos renecios!
Nuestro cielo azul, la hermosura de nuestros paisajes y topografía, y la belleza cultural son incomparables, tanto como nuestra capacidad de menospreciarlos y de destruirlos. Hablamos del peligro en estos momentos de destrucción, cuando se esfuma hasta la vida.
Por mucho que la Conred se empeñe en mitigar los daños, hay cosas que son irreversibles, sobre todo para los que siempre resultan víctimas de los desastres sociales. Se ha visto la respuesta de la población y el apoyo internacional; la ONU evaluará los daños y está dispuesta a suministrar asistencia humanitaria, todo lo cual es encomiable, pero lo urgente es que se tomen medidas y decisiones del tamaño del problema.
De alguna manera hay que hacer entender a la población, pero sobre todo a las autoridades, que cada día que pasa herimos más a nuestra patria y no habrá poder humano o divino, ciencia o ficción, capaz de rescatarla. Ya la tenemos lastimada, sangrante y expoliada, a tal grado que estamos sentados en un peligroso espacio donde ya alteramos el equilibrio y estamos viviendo las consecuencias.
La explotación irracional de recursos es una de las causas de este estado de cosas. La tala inmoderada de árboles, y no para leña, como nos quieren hacer creer para echarle la culpa a los pobres, sino para beneficio de minorías y para el tráfico de maderas. Los incendios forestales que provocan la desnudez de los bosques, la extracción de recursos minerales, que además han generado conflictos sociales irresueltos, la necedad de enajenar nuestro territorio por una migaja, la pagaremos con más tragedias.
Hay dos casos latentes: la decisión anunciada de la prórroga del contrato de explotación petrolera en una zona protegida y la alerta de los daños de la Mina Marlin I, que ha puesto en riesgo a 18 comunidades indígenas, por lo que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) decretó medidas cautelares a favor de esos pobladores y ordenó al Estado adoptar acciones para prevenir la contaminación ambiental y para descontaminar las fuentes de agua.
La arrogancia del Estado guatemalteco no pudo ser mejor expresada que con la decisión presidencial de negarse a acatar la decisión, con lo que, además, contraviene su obligación internacional y envía un nefasto mensaje de rebeldía a las disposiciones de la Convención Americana. Organizaciones nacionales y regionales lo han exhortado a honrar sus compromisos internacionales en materia de derechos humanos y a cumplir pronta y efectivamente con lo solicitado por la CIDH.
Por mucho que la Conred se empeñe en mitigar los daños, hay cosas que son irreversibles, sobre todo para los que siempre resultan víctimas de los desastres sociales. Se ha visto la respuesta de la población y el apoyo internacional; la ONU evaluará los daños y está dispuesta a suministrar asistencia humanitaria, todo lo cual es encomiable, pero lo urgente es que se tomen medidas y decisiones del tamaño del problema.
De alguna manera hay que hacer entender a la población, pero sobre todo a las autoridades, que cada día que pasa herimos más a nuestra patria y no habrá poder humano o divino, ciencia o ficción, capaz de rescatarla. Ya la tenemos lastimada, sangrante y expoliada, a tal grado que estamos sentados en un peligroso espacio donde ya alteramos el equilibrio y estamos viviendo las consecuencias.
La explotación irracional de recursos es una de las causas de este estado de cosas. La tala inmoderada de árboles, y no para leña, como nos quieren hacer creer para echarle la culpa a los pobres, sino para beneficio de minorías y para el tráfico de maderas. Los incendios forestales que provocan la desnudez de los bosques, la extracción de recursos minerales, que además han generado conflictos sociales irresueltos, la necedad de enajenar nuestro territorio por una migaja, la pagaremos con más tragedias.
Hay dos casos latentes: la decisión anunciada de la prórroga del contrato de explotación petrolera en una zona protegida y la alerta de los daños de la Mina Marlin I, que ha puesto en riesgo a 18 comunidades indígenas, por lo que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) decretó medidas cautelares a favor de esos pobladores y ordenó al Estado adoptar acciones para prevenir la contaminación ambiental y para descontaminar las fuentes de agua.
La arrogancia del Estado guatemalteco no pudo ser mejor expresada que con la decisión presidencial de negarse a acatar la decisión, con lo que, además, contraviene su obligación internacional y envía un nefasto mensaje de rebeldía a las disposiciones de la Convención Americana. Organizaciones nacionales y regionales lo han exhortado a honrar sus compromisos internacionales en materia de derechos humanos y a cumplir pronta y efectivamente con lo solicitado por la CIDH.
-Ileana Alamilla, periodista guatemalteca, es directora de la Agencia CERIGUA. http://cerigua.info/portal/
Fuente: ALAI
Licencia: Copyleft
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