14/04/2010
Ileana Alamilla
Yo acuso al Estado por no cumplir con los deberes que le impone la Constitución Política de la República, por violar el objetivo central de su organización, que es la protección a la persona y a la familia, por traicionar el fin supremo de alcanzar el bien común.
Lo acuso por ser el responsable de no garantizarnos la vida, la libertad, la seguridad, la paz y nuestro desarrollo integral. Lo señalo de ser el autor de miles de crímenes que han enlutado a nuestras familias, por su manifiesta negligencia e ineficiencia ante el caos que estamos viviendo.
Lo acuso por ser el responsable de no garantizarnos la vida, la libertad, la seguridad, la paz y nuestro desarrollo integral. Lo señalo de ser el autor de miles de crímenes que han enlutado a nuestras familias, por su manifiesta negligencia e ineficiencia ante el caos que estamos viviendo.
Ningún ofrecimiento es admisible si no ha conquistado la credibilidad en su voluntad y capacidad. La desconfianza ciudadana generada por la inseguridad y el engaño debe ser derrotada con acciones eficaces. Ya no se vale echarle la culpa a otros gobiernos o a situaciones del pasado. La UNE sabía cómo estaba el país, criticó las formas de gobierno en su campaña, ofreció derrotar la violencia con inteligencia, dijo que tenía un equipo y un plan de seguridad. Muchos le creyeron y fueron defraudados, incluso algunos están muertos en esta sangría que nos tiene al borde de la esquizofrenia colectiva.
Ojalá los altos funcionarios, por lo menos un día de su espléndida vida actual, percibieran el temor cotidiano que vivimos los que llevamos una existencia normal, sin guardaespaldas que nos cuiden, motoristas que nos abran paso, carros blindados que resguarden nuestra integridad, helicópteros para no transitar entre las manadas de energúmenos armados que intimidan y atormentan.
Para que aceleren las medidas, tal vez lo más efectivo sería condenarlos a que viajaran en autobuses para que vivan la incertidumbre de quienes no cuentan con vehículos propios, o que se despojen de esos mecanismos de protección, para que sientan el miedo de lanzarse al tráfico, escuchar el sonido de motos a la par o de rechinidos de llantas que advierten una muerte prematura.
Pobres de aquellos que no gozan de esos privilegios y que a diario se despiden como si fuera el último día de sus vidas, que llaman por teléfono constantemente para asegurarse que sus seres queridos están bien, que temen salir a sus trabajos, que se privan de diversiones porque las condiciones no permiten vivir normalmente.
Guatemala está considerada como uno de los países de América Latina con los más altos índices de criminalidad; se dice que hay más homicidios que los que ocurrieron durante el conflicto armado. Tenemos un menú completo: contrabando, corrupción, trata y tráfico de personas, secuestros, asesinatos, femicidios, asaltos, extorsiones, vicariato, linchamientos. Es difícil imaginar que se nos hayan juntado tantas desgracia.
La delincuencia tiene arrodillado al Estado y, por tanto, nos flagela a todas(os). El jueves pasado le tocó el turno a un periodista reconocido por su profesionalismo, talento y alto sentido de la ética profesional, un comunicador nato que ha conquistado la simpatía de miles de personas. Luis Felipe Valenzuela, director de Emisoras Unidas y columnista de Siglo Veintiuno, sufrió un ataque armado del que con mucha suerte salió librado.
Como periodistas exigimos una pronta investigación, captura y juicio a los responsables. Como colegas repudiamos el hecho. Como ciudadanas(os) demandamos seguridad y como seres humanos le enviamos nuestra solidaridad, cariño y reconocimiento a Luis Felipe.
Ojalá los altos funcionarios, por lo menos un día de su espléndida vida actual, percibieran el temor cotidiano que vivimos los que llevamos una existencia normal, sin guardaespaldas que nos cuiden, motoristas que nos abran paso, carros blindados que resguarden nuestra integridad, helicópteros para no transitar entre las manadas de energúmenos armados que intimidan y atormentan.
Para que aceleren las medidas, tal vez lo más efectivo sería condenarlos a que viajaran en autobuses para que vivan la incertidumbre de quienes no cuentan con vehículos propios, o que se despojen de esos mecanismos de protección, para que sientan el miedo de lanzarse al tráfico, escuchar el sonido de motos a la par o de rechinidos de llantas que advierten una muerte prematura.
Pobres de aquellos que no gozan de esos privilegios y que a diario se despiden como si fuera el último día de sus vidas, que llaman por teléfono constantemente para asegurarse que sus seres queridos están bien, que temen salir a sus trabajos, que se privan de diversiones porque las condiciones no permiten vivir normalmente.
Guatemala está considerada como uno de los países de América Latina con los más altos índices de criminalidad; se dice que hay más homicidios que los que ocurrieron durante el conflicto armado. Tenemos un menú completo: contrabando, corrupción, trata y tráfico de personas, secuestros, asesinatos, femicidios, asaltos, extorsiones, vicariato, linchamientos. Es difícil imaginar que se nos hayan juntado tantas desgracia.
La delincuencia tiene arrodillado al Estado y, por tanto, nos flagela a todas(os). El jueves pasado le tocó el turno a un periodista reconocido por su profesionalismo, talento y alto sentido de la ética profesional, un comunicador nato que ha conquistado la simpatía de miles de personas. Luis Felipe Valenzuela, director de Emisoras Unidas y columnista de Siglo Veintiuno, sufrió un ataque armado del que con mucha suerte salió librado.
Como periodistas exigimos una pronta investigación, captura y juicio a los responsables. Como colegas repudiamos el hecho. Como ciudadanas(os) demandamos seguridad y como seres humanos le enviamos nuestra solidaridad, cariño y reconocimiento a Luis Felipe.
Guatemala, 12 de abril de 2010
- Ileana Alamilla, periodista guatemalteca, es directora de la Agencia CERIGUA.
http://cerigua.info/portal/
Fuente: ALAI
Licencia: Copyleft
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